
JERUSALÉN DESPUÉS DEL 313 125
Entre los símbolos capaces de mover a los fieles cristianos nin-
guno podía ser tan eficaz como la cruz. En ella se había ejecutado el
sacrificio que justificaba la creencia básica de los cristianos: esa muerte
significaba la redención del pecado de los hombres y el camino hacia
la salvación; era el símbolo de la victoria de Cristo sobre la muerte
46
.
Sobre ella se había depositado la sangre del salvador, prácticamente la
única reliquia de su existencia corporea. ‘Encontrar’ la cruz se convir-
tió en una tarea urgente. El anónimo peregrino de Burdeos que visitó
la ciudad en la década de 330 no alude a su existencia
47
; Eusebio, que
siguió escribiendo prácticamente hasta el momento de su muerte en
339/340, ignora el hipotético descubrimiento
48
. Pero, aproximada-
mente diez años después, Cirilo de Jerusalén, en su cuarta lección ca-
tequética, da a entender que había sido descubierta ya, puesto que
afirma que «la tierra entera está llena de trozos de madera de la cruz»
49
.
El mismo es quien, en una carta a Constancio II fechada en el 351 /
353, atribuye a Constantino su descubrimiento
50
, que muy probable-
mente, sin embargo, se debe vincular con su propia iniciativa episco-
pal. Para el 359, o poco después, era con seguridad venerada en la
ciudad
51
.
Podríamos incluso plantear si fue una casualidad que el pro-
grama de construcciones se iniciase inmediatamente después de la
celebración del concilio de Nicea, cuyos debates pudieron haber in-
46
Ambrosius, De Obitu Theodosii Oratio 43-44, PL 16, col. 1400, atribuye a
Helena el mérito de haber revelado a los hombres este descubrimiento, paralelo al
de María, que habría manifestado que Dios se había hecho hombre. Cf. F. E. Conso-
lino, Il significato dell’Inventio Crucis nel De Obitu Theodosi, AFLS, 5, 1984, 161-180.
47
Cf. S. Borgehammar, op. cit., 90-122.
48
H. A. Drake, Eusebius on the True Cross, JEH, 36, 1985, 1-22, cree que Eu-
sebio omitió a propósito mencionar el descubrimiento de la Cruz porque esta era
más un símbolo imperial y constantiniano que cristiano; Id., What Eusebius Knew:
The Genesis of the Vita Constatini, CPh, 83, 1988, 20-38.
49
Cyrillus Hierosolymitanus, Cathecheses 4,10, PG 33, col. 469. Cf. F. Pa-
rente, La conoscenza Della Terra Santa come esperienza religiosa dell’Occidente
cristiano dal IV secolo alle crociate, en Popoli e Paesa nella cultura altomedievale,
Spoleto, 1983 (Settimane di Studio del Centro Italiano di Studi sull’Alto Medioevo
29), 252.
50
Cyrillus Hierosolymitanus, Epistula ad Constantium imperatorem, PG
33, col. 1131-1154. Cf. S. Borgehammar, op. cit., 90, n. 17.
51
Según se desprendería de una inscripción africana procedente de Tixter.
Cf. Y. Duval, Loca Sanctorum Africae, vol. 1, Roma, 1982, 157; F. Cardini, op. cit.,
10; S. Borgehammar, op. cit., 87.
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